viernes, 28 de agosto de 2009

De la nube a la realidad


Dicen que cada quien vive en su propio mundo, que no nos damos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Que estamos en una especie de nube donde todo es paz, felicidad y tranquilidad. Así vivía yo, hasta que, por un momento, días en realidad, tuve que bajar a la realidad, la que duele, la que no te imaginas que exista. O a lo mejor, la conocía pero no la quise ver, nunca pensé en ella. No hasta ese día, que en un movimiento de caída libre, choqué. Choqué y me golpeé de la peor manera.


Lo había visto días antes, tranquilo, descansando, lo cargué un rato, solo para que mi tía pudiera hacer otras cosas. Marcelo tenía un año, estaba delicado, lo sabía, pero se iba a recuperar, al menos eso nos dijeron. Lo tenía en mis brazos descansando mientras miraba por la ventana como pasaban los carros por la Javier Prado. Así pasaron unos 10 minutos, era hora de irme, a esa hora el tráfico es imposible y debía dejar a mi abuela en su casa en el Centro de Lima. Lo dejé en su cuna para que descanse, pensé en regresar la semana siguiente.


Era sábado 9 de agosto, 2008. Estaba en Huaral en un entrenamiento, la estaba pasando bien, me divertía, mis hermanas también. Ellas habían ido a una caminata, escalada al cerro incluida, ¿yo? Era una de las encargadas de los niños, así que estábamos en el campo haciendo un poco de ejercicios, sembrando plantas, alimentando conejos. Los chicos de la caminata regresaron y almorzamos, al terminar el encargado de la actividad nos llama, a mí y a mis hermanas. Nos reúne en la sala principal y pregunta - ¿ustedes tienen un sobrino? ¿De un año más o menos? – nosotras pensamos - ¿sobrinos? No… ¿Marcelo?


Y la noticia nos bajó de nuestro mundo, de nuestra nube, se había ido esa mañana, había fallecido. Debíamos regresar a Lima. Nos fueron a recoger al terminal de buses. No podíamos creerlo, ¿de verdad había pasado todo eso? ¿Y lo que dijo el doctor de su recuperación? ¿Qué sólo era un virus? ¡¡¿Nada del otro mundo?!! ¿Cómo estaba mi tía? Miles de preguntas giraban en nuestra primera visita a la realidad.


Llegamos a mi casa y mi mamá estaba alistando algunas cosas, salimos. ¿Cómo haría para verlo? ¿Cómo apoyar a mi tía? ¿A mi primo, su hermano de diez años? Todo pasaba demasiado rápido, no había tiempo para pensar, para darme cuenta de dónde estaba. Lo vi y me arrepentí de haberlo dejado en su cuna ese día, de no haberlo animado, de no engreírlo cada vez que lo veía, de no tenerle la paciencia suficiente, de…


Pasó el sábado. Pasó el domingo, con el entierro y la colocación del incienso en el altar que preparó mi tía en su casa. Fuimos cada día de esa semana para apoyarla en lo que necesite, nos madrugábamos con ella. Éramos su único soporte cerca.


Una de esas noches soñé con él, estábamos en la casa de mi abuela. Era un niño, ni real, ni fantasma, simplemente era él. Jugando, gateando, riendo, pero iba desapareciendo poco a poco, con facilidad y paciencia, sin que nos preocupemos. Y así pasó todo con tranquilidad y tiempo.


Pasaron los días, los meses. Y así se fue un año. Regresé a mi nube. Y olvidé mi visita a la realidad. Marcelo estaba bien, me acuerdo cuando se reía, cuando comía, sus muecas, su impaciencia, sus ganas de botar los lentes de todos hasta que rompió un par y no lo dejamos más, su gateada, su risa, su todo.


Pero no me puse a pensar, hasta ahora, lo poco o mucho que puede durar la vida, si vale la pena estar en esa nube y regresar cuando es necesario, o cuando la situación te obliga. Pese a lo que muchos puedan decir, creo que es fundamental tener esa nube, ese sitio donde escapar y no pensar. Ese sitio en el que dicen, sólo andan los niños. No es que huya de la realidad, pero el realismo recae en el pesimismo, y una vida pesimista no es vida.


Prefiero vivir pensando, que pasó lo que pasó por algún motivo en especial, nada físico, sólo que existen razones y temas que pocos entendemos. O que cada quien entiende a su manera.